ESTUDIOS HISPÁNICOS EN LA RED

La inscripción de la oralidad en las culturas latinoamericanas
 
Presentación
 
José Antonio Giménez Micó
 
 
 
Claro es que no faltan los charlatanes de oficio, que no tienen otra manera de matar el tiempo. Los hay entre los machiguengas, como en todas las razas de la humana especie.
(Carta de Fidel Pereira al misionero dominico Andrés Ferrero. Los Machiguengas. Tribu selvática del Sur-Oriente Peruano)
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_            En este número monográfico se abordan las relaciones, especialmente fructíferas en el universo cultural latinoamericano, entre literatura escrita y tradición oral. Para ello, lo primero que todos los participantes han debido hacer es poner seriamente en duda un prejuicio fuertemente anclado en la conciencia moderna: el de que la escritura, y por lo tanto la literatura escrita, es una tecnología de comunicación verbal más "avanzada” que la oralidad. Éste ha sido el axioma implícito de los estudios literarios durante muchos años: así lo atestigua el empleo mismo del término “literatura“ (del latín litera: letra escrita), que privilegia el signo escrito frente a lo que éste representa, es decir, la voz.

         Nadie cuestiona actualmente la primacía de la oralidad en las obras que identificamos como generadoras de la literatura occidental: la Ilíada, la Odisea, las tragedias griegas, ¿qué otra cosa fueron, en principio, sino literatura oral? Lo mismo podría decirse de la literatura latinoamericana prehispánica. Ahora bien, sería muy reduccionista pretender hoy que esta relación íntima entre escritura y oralidad se limita a los “albores“ de las culturas. La literatura oral no se extinguió al aparecer la escrita, a pesar de lo que dejan entender tantos manuales de historia literaria. Una y otra han seguido manteniendo una relación dialógica desde entonces, tanto en la estructura misma de los textos literarios (escritos y orales) como en sus medios de expresión. El teatro, los recitales poéticos, las canciones, las telenovelas no son sino las más conspicuas manifestaciones de esta fecunda interpenetración.

         Que oralidad y literalidad sean, en el plano teórico, tecnologías comunicativas igualmente válidas, así como que una y otra se reclamen mutuamente, no implica en absoluto que, históricamente, se haya producido una “fusión“ aproblemática entre literatura oral y escrita, al contrario. En diversas áreas culturales dominadas por los europeos y, posteriormente, en las naciones resultantes de esta colonización, este diálogo conflictivo atestigua más bien de la situación subalterna a que se han visto sometidos los nativos y los grupos populares, lo cual se ha reflejado en el plano simbólico en una práctica diglósica que ha relegado a los márgenes a las lenguas autóctonas, y con ellas a sus prácticas orales. No es precisamente un secreto que en América Latina la actividad literaria aparece como irremediablemente escindida entre la práctica escrita, en último análisis dentro de las tradiciones europeas u occidentales, y un conjunto de prácticas orales de arraigo más o menos local. De ahí que la oralidad, en Latinoamérica, esté tan íntimamente ligada a su diversidad cultural, pues en aquélla se evidencian los quiebres socioculturales que conforman las diferentes colectividades que integran sus sociedades.

         Desde hace ya unas cuantas décadas, numerosos latinoamericanistas (sociólogos, antropólogos, críticos literarios, etc.) han realizado una inestimable labor de valoración de la cultura popular, transcribiendo y analizando manifestaciones orales de todo tipo que se siguen produciendo no sólo en remotos parajes sino también en grandes aglomeraciones urbanas como México, Lima o Buenos Aires. Lo paradójico es que esta “preservación“ de la oralidad debe hacerse mediante la escritura (o cualquier otra tecnología destinada a “fijar“ la oralidad: grabaciones audio o audiovisuales), lo cual choca frontalmente al menos con uno de los rasgos primordiales de la oralidad: su “espontaneidad,“ es decir, su condición de realizarse únicamente en el presente, su capacidad de transformarse en cada nueva performance gracias a la tensión enriquecedora y ciertamente compleja entre memorización e improvisación. Las manifestaciones orales en sí son, pues, imposibles de transmitir fuera de su ámbito natural sin “domesticarlas”: sin someterlas previamente al universo de la escritura. Con lo que nos encontramos no es pues con la manifestación oral en sí, sino con un simulacro escrito de ésta.

         En este número se presta singular atención a uno de estos simulacros, que el crítico peruano Antonio Cornejo Polar llamó “literaturas heterogéneas,“ es decir, las obras literarias escritas por autores implicados en las culturas populares e indígenas a quienes hay consenso en atribuir una capacidad de escucha-retransmisión, obviamente ficcionalizada, de la oralidad. Piénsese, por ejemplo, en Balún Canán, de Rosario Castellanos, cuyo título alude a la tradición oral quiché, o en el poema “Himno a los voluntarios de la República,“ que César Vallejo dedica “al analfabeto a quien escribo,“ y que en efecto trasluce, como tantos otros textos vallejianos, numerosas marcas de oralidad. Como señaló acertadamente Cornejo Polar, estos textos evidencian una nostalgia de la oralidad que impregna buena y esclarecida parte de la literatura de América Latina.


2017_José Antonio Giménez Micó