ESTUDIOS HISPÁNICOS EN LA RED
Pragmática de la validación y de la ficcionalización de la informante en Hasta no verte Jesús mío
 
Anne Giguère
 

  
 Contextualización

     En este trabajo, nos proponemos analizar la novela testimonial Hasta no verte Jesús mío de Elena Poniatowska (de ahora en adelante, Hasta), principalmente desde el punto de vista de la pragmática textual. Hastafue publicada por primera vez por las Ediciones Era en México en 1969, un año después de la terrible matanza estudiantil de Tlatelolco, y luego repetidas veces por esta y otras editoriales, entre ellas la de Secretaría de Educación Pública, hasta la actualidad. En todas sus ediciones, la novela aparece con la siguiente dedicatoria:

          A Jan, mi hermano;
          a todos los muchachos
          que murieron en 1968:
          Año de Tlatelolco. (7)
     Con respecto a estos eventos, Poniatowska publicará en 1971 La noche de Tlatelolco, obra calificada en la contraportada de “testimonio colectivo,” en la cual entrevista a múltiples protagonistas. En La noche de Tlatelolco, Poniatowska trata de transmitir los hechos de manera objetiva: “los testimonios fueron fielmente transcritos,” podemos leer en la contraportada. Lo que más perturba al lector son las fotos, los recortes de periódicos y, sobre todo, las entrevistas a estudiantes presos y torturados, así como a autoridades contrarias al movimiento. Hasta también se basará en entrevistas que Poniatowska realizó, en este caso, a una sola informante empírica.

     Para cernir mejor en qué prácticas discursivas se sitúa la redacción de Hasta, conviene tener en cuenta las reflexiones de los intelectuales sobre la identidad latinoamericana. Estas reflexiones deben situarse en el contexto de la deslegitimación general de los discursos y valores occidentales que se ha ido produciendo en el siglo XX, especialmente a partir de los movimientos de descolonización de los años cincuenta y sesenta (véase Chanady 33-34). Varios de estos movimientos dejarán huellas en la historia discursiva correspondiente al período mencionado: las luchas nacionalistas de los pueblos colonizados (sobre todo en África), la revolución cubana, los movimientos contra la guerra del Vietnam en los Estados Unidos y las reivindicaciones de los estudiantes en los años 60, más concretamente en el 68, en París y México.

     Hay consenso en considerar los años 60 en América Latina como ese “momento culminante en que emergen o se consolidan una serie de formas culturales que ponen en cuestionamiento la hegemonía discursiva” (Pizarro, apudLillo). En este contexto general de deslegitimación de los valores hegemónicos del paradigma occidental, el discurso testimonial llenaría el vacío dejado por la historia “oficial,” constituyéndose en una forma de expresar la realidad hasta entonces silenciada. En efecto, la práctica testimonial emerge a partir del triunfo de la revolución castrista para “reescribir la Historia nacional acudiendo a fuentes hasta ahora excluidas del campo literario por la historiografía anterior” (Sarfati-Arnaud et al. 28). Este movimiento de divulgación del aspecto callado de la historia nacional se extenderá al resto de América Latina. Con esta práctica, se pretendía que el punto de vista de los dominados, de los sin voz, de los que poseían una interpretación de la realidad diferente de la interpretación hasta entonces hegemónica, tuviera un canal de expresión. No hay que olvidar la importancia de “los aparatos culturales de la Revolución Cubana, que legitimaron esta práctica, lo que estimuló su cultivo y discusión” (Canepa 4).

     La práctica testimonial no sólo modifica la concepción de la historiografía, sino también de la antropología, que se interesa cada vez más en la cotidianeidad de cualquier grupo marginalizado. Las experiencias personales de los miembros del grupo se convierten en informaciones reveladoras sobre las costumbres de la gente y las decisiones de sus gobernantes. El antropólogo Jesús Martín-Barbero sostiene al respecto: 

La antropología apenas comienza a despegar de los primitivos y a interesarse por las culturas populares campesinas o urbanas. Ello sucede al mismo tiempo que la sociología y la historia despegan de los grandes hechos, de las abstracciones económicas y de lo inmediatamente político, para comenzar a interesarse por el tejido material y simbólico de la cotidianeidad. La historia oral y de las mentalidades, la sociología de la cultura y la antropología urbana empiezan a hacer posible un acceso más plural y más rico a las otras culturas, las subalternas, las dominadas al romper con ese etnocentrismo más duro y pertinaz que es el etnocentrismo de clase. (117)

     Antes de ser un recurso literario, el testimonio fue pues una técnica de investigación íntimamente relacionada con una historia y una antropología que ponían en tela de juicio los paradigmas occidentales aludidos por Chanady. Poniatowska, que trabajó durante unos meses con el antropólogo estadounidense Oscar Lewis, se familiarizó en primer lugar con textos de carácter etnográfico. En los años 40, Lewis ya se interesaba por los campesinos mexicanos y los habitantes de la ciudad. También el escritor y antropólogo cubano Miguel Barnet demuestra una preocupación de etnólogo, precisando en la misma línea que el personaje de la novela de testimonio debe ser representativo, “y el escritor se transforma en un gestor o editor que recopila científicamente el material por medio de entrevistas y que, al recrear lo que se le ha contado, selecciona y rellena los vacíos” (Lagos-Pope 245).

     La trayectoria de Barnet, Poniatowska y otros autores es un buen ejemplo de que la “proliferación repentina” de la literatura de carácter testimonial no es extraña a “la popularidad del tipo de historia etnográfica (life story) desarrollada en las ciencias sociales a partir de 1950, por, entre otros, Oscar Lewis” (Beverley 10). En The Children of Sánchez, Autobiography of a Mexican Family, Lewis estudia el caso de una familia mexicana pobre en su cotidianeidad, entrevistando a cada uno de sus miembros. Lewis quiere que el lector sepa lo que significa para una familia vivir en una vecindad de la ciudad de México.

     De la misma manera que Lewis, la escritora mexicana Elena Poniatowska redactó Hasta inspirándose en los datos recopilados durante sus encuentros semanales que tuvo en el período 1963-1964 con su informante empírica, Josefina Bórquez. Esta comparte la mayor parte de rasgos sociales y educativos con una de las informantes de The Children, Consuelo Sánchez:

Para escribir el libro de la Jesusa utilicé un procedimiento periodístico: la entrevista. Dos años antes, trabajé durante mes y medio con el antropólogo norteamericano Oscar Lewis, autor de Los hijos de Sánchez y otros libros, Lewis me pidió que lo ayudara a 'editar' Pedro Martínez, la vida de un campesino de Tepoztlan … Este [sic] experiencia sin duda ha de haberme marcado al escribir Hasta no verte Jesús mío. Sin embargo, como no soy antropóloga, la mía puede considerarse una novela testimonial y no un documento antropológico y sociológico. (Citada en Kerr 373)

     Esta revelación de la autora, a la vez que niega la pertenencia de su obra al campo de la antropología, admite su parentesco con la escritura de Oscar Lewis. De hecho, varios trabajos de Poniatowska acusan la influencia de Lewis, aunque la autora mexicana se distancie de su modelo etnográfico para producir Hasta, texto híbrido en el que se conjugan elementos de la novela y del testimonio, dando como resultado esta “novela testimonial.”

     Lewis, que realiza su estudio antropológico desde una óptica que se pretende más igualitaria que la empleada por la antropología tradicional (la llamada “historia de vida”), opina que el aporte técnico de la grabación iba a posibilitar el nacimiento de un nuevo tipo de literatura de realismo social:

The tape recorder, used in taking down the life stories in this book, has made possible the beginning of a new kind of literature of social realism. With the aid of the tape recorder, unskilled, uneducated, and even illiterate persons can talk about themselves and relate their observations and experiences in an uninhibited, spontaneous, and natural manner. (xii)

     Poniatowska, que como Lewis grabó entrevistas con su informante, parece ser una de las iniciadoras de esta nueva literatura de realismo social. Sin embargo, el entusiasmo de Lewis por la fidelidad de la grabadora no es compartido en la actualidad por la mayoría de los investigadores. Martin Lienhard, por ejemplo, pone en tela de juicio esta pretendida “autenticidad” del discurso testimonial a pesar de la innovación técnica. Según Lienhard, el testimonio representa,

en alguna medida, un trabajo de recreación escrita del discurso oral. La narrativa testimonial, no sólo por la necesidad de presentar un texto orgánico, sino también por las características de su producción (la encuesta dirigida), no garantiza de hecho una ... fidelidad al discurso indígena [o, en nuestro caso, al discurso del sujeto marginalizado]. (563)

     Hasta es un ejemplo de esta infidelidad al discurso original del informante. Las propias declaraciones de Poniatowska son claras al respecto: ella, en su calidad de autora, se permitió modificar la “verdad” de Bórquez: “Maté a los personajes que me sobraban, ... elaboré donde me pareció necesario, podé, cosí, remendé, inventé” (en Steele 156). Sin embargo, el lector que lee la obra es capaz de identificar una serie de elementos de innegable potencia evocadora de la realidad; quizá no “verdaderos,” en el sentido estrecho del término, pero sin duda verosímiles.

     A pesar del interés etnográfico de los encuentros, la narradora-protagonista de la novela testimonial fue nombrada Jesusa Palancares, y no Josefina Bórquez. Ello se explica, en parte, por el hecho de que Bórquez habría pedido el anonimato mientras viviera y, sobre todo, porque Poniatowska creó un personaje diferente de su informante. La testimoniante Josefina Bórquez llegó incluso a negar la autenticidad de Hasta en relación a las entrevistas que otorgó a Poniatowska: “Usted inventa todo, son puras mentiras, no entendió nada, las cosas no son así” (Steele 156).

     Al igual que el testimonio antropológico, la novela testimonial se preocupa por la exposición de la cotidianeidad de los marginalizados, por su “pequeña historia.” En la práctica testimonial en general, no se busca la historia del poderoso sino la de la persona marginalizada cuyo valor metonímico la convierte en representativa de su grupo y que proclama, tácita o explícitamente, la necesidad de un cambio estructural de la sociedad:

El testimonio exhibe una especie de epicidadcotidiana [y] no puede afirmar una identidad propia que es diferente de la clase, grupo, tribu, etnia, etc. a que pertenece el narrador; si no es así, si es la narración de un “triunfo” personal en vez de una “narración de urgencia” colectiva, el testimonio se convierte precisamente en autobiografía. (Beverley 11-14)

     Curiosamente, la obra ha sido recuperada por la historia oficial. En 1969, Hasta fue publicada por Ediciones Era y luego, en 1986, por la Secretaría de Educación Pública, a causa del valor “costumbrista e histórico” que esta institución gubernamental le confirió. Además de calificarla de constituir las “memorias más apasionantes de la literatura mexicana,” la contraportada de otra edición anterior, la de 1984, insiste en “la luz que echa sobre momentos y costumbres cruciales de la sociedad mexicana.” La obra, así legitimada, constituiría principalmente un reflejo “fiel” de la realidad mexicana de los últimos cincuenta años.

     El testimonio literario conoce su efervescencia en los años 70-80, es decir unos años después del éxito de las historias de vida. No es nuestra intención principal distinguir el testimonio etnográfico del literario. Lo que nos interesa subrayar es que la ficción testimonial recurre a esta forma discursiva surgida de la antropología precisamente porque su objetivo pragmático de movilización requiere del lector la impresión de que el texto “dice la verdad.”

     A pesar de su gran importancia, el testimonio etnográfico no es el único modelo estructural que emplea la literatura testimonial de ficción. Según Beverley, la proliferación de esta práctica sólo puede entenderse teniendo en cuenta

la importancia tradicional en la cultura latinoamericana de una serie de textos de carácter “documental” … : por ejemplo, las crónicas coloniales; el diario de viaje; el ensayo histórico-costumbrista; la biografía romántica; las memorias de campaña; el énfasis documental de la novela social o indigenista; el corrido y otras formas de poesía popular narrativa, etc. (10)

     La novela testimonial se inscribiría en esa literatura de marcado carácter documental, tanto indigenista como social, de que habla Beverley. Ana Pizarro, en su estudio de la literatura latinoamericana, observa la irrupción de una conciencia nacionalista enmarcada principalmente en la Revolución Mexicana:

Estamos en un período de surgimiento de nuevos sectores sociales y de procesos de urbanización. Aparece una literatura sencillista: una literatura que puede contar la vida del barrio, la vida de la familia, los problemas sociales en que están. No es estrictamente una literatura social, pero es una literatura impregnada de nuevos valores que no tiene relación con el modernismo hispanoamericano antimperialista. (36)

     En este momento histórico fundamental para la afirmación de la identidad mexicana se sitúa precisamente el comienzo de la diégesis de Hasta, que se extiende hasta la mitad de los años 1960, momento en que se escribió la novela. Entre sus numerosos temas, la obra de Poniatowska trata, tal como la literatura sencillista referida por Pizarro, de la revolución mexicana y de los problemas sociales de los grupos marginados en México, tomando prestado el modelo etnográfico de las historias de vida. Por supuesto, la escritura de Poniatowska someterá los diversos elementos tomados del legado cultural a un nuevo propósito discursivo, pero no ignorará su procedencia.

     Los críticos coinciden en denominar Hasta como una “novela testimonial,” calificación que confirma el hibridismo de la construcción de la obra. Curiosamente, las dos partes de esta expresión parecen ser una contradictio in adjecto; en efecto, mientras que la novela es ficción por definición, el testimonio se caracteriza por pretender decir la “verdad.” Sin embargo, al examinar los comentarios extraliterarios de la escritora, así como ciertos fragmentos de la obra, vemos que Hastano se atiene fielmente a la definición del contrato de veridicción del testimonio que sigue:

La mayoría de los textos-testimonios pretenden, intentan transcribir fielmente una realidad objetiva, un hecho socialmente significativo del cual el Sujeto de la enunciación fue protagonista y/o testigo ... Cada texto individual debe pasar una prueba suprema, imprescindible: convencer al receptor de la “verdad” de la información transmitida. (Sarfati-Arnaud et al. 33)

     Poniatowska no pretende transcribir una realidad objetiva. Uno de los únicos “hechos sociales significativos” en que participó la informante Josefina Bórquez, la Revolución mexicana, no es central en el texto, sino meramente anecdótico. Lo que sí parece central son, más bien, las numerosas referencias a la espiritualidad y el lugar que ocupó Josefina en el México en proceso de industrialización; por lo tanto, al contrario que en el testimonio La noche de Tlatelolco, no parece que se quiera denunciar ningún hecho social significativo. Por otra parte, la evocación al Lazarillo de Tormes resulta en algunas ocasiones tan evidente, que es difícil convencer al receptor de la “verdad” de la información transmitida. El valor de praxis inmediata se encontraría así diluido, por lo menos para el lector de testimonio que tiene expectativas equivalentes a las suscitadas por la lectura de los textos testimoniales canónicos de Rigoberta y de Domitila.

     La obra de Elena Poniatowska, una vez admitido que es más bien una ficción autobiográfica, destaca justamente por su juego literario con ciertos elementos fundamentales de la práctica testimonial, en especial la doble enunciación (de informante y mediadora) y la función pragmática de la protagonista. 

     Una simple comparación entre las contraportadas de la decimoséptima y de la vigesimosexta ediciones (del 79 y del 88, respectivamente) basta para alertar sobre la mouvance de las fronteras genéricas. Mientras que la contraportada de 1979 presenta la obra como “testimonio y creación,” la de 1988 sitúa la obra sencillamente bajo la rúbrica “novela” y habla de “la luz que echa sobre momentos y costumbres cruciales de la sociedad mexicana” (Hasta, contraportada); a pesar de ser considerada una obra de ficción, el Ministerio de Educación mexicano le confiere un valor histórico fundamental. Las veintiséis ediciones aparecidas hasta 1988 confirman la legitimación otorgada al libro.

     Es significativo que la presentación de Hasta pase con los años de “testimonio y creación” a “novela.” Esta puesta de relieve del aspecto ficticio del texto a expensas de su supuesto carácter testimonial coincide, de hecho, con la reivindicación, por parte de Poniatowska, de su papel de autora. En relación con la recepción de su obra, la autora mexicana se interroga por qué obras ficcionales de base histórica bien documentadas son más valoradas que otras, como la suya, cuyo origen es testimonial. Con motivo de una gira por Alemania a la que participaron Elena Poniatowska y Miguel Barnet, éstos se indignaron porque los asistentes los consideraron simples mediadores y no como las autor/idades de sus obras. Poniatowska se cuestiona:

¿Son o no escritores los que las fabrican? ¿Son periodistas? ¿Son simples oportunistas que sin ninguna preparación se lanzan a la manufactura de una obra de fácil digestión que llenará en los países latinoamericanos el vacío entre los cultos y los analfabetos funcionales, esos que jamás leerían a los autores de literatura pura? ¿Qué son estos autores que aprovechan una circunstancia casi siempre trágica (la matanza del 2 de octubre de 1968) para sacarle raja y obtener pingües ganancias? Se apropian de una realidad, la presentan como suya, les roban sus palabras a sus informantes, plagian sus giros populares, registran con grabadoras su lenguaje y se posesionan hasta de su alma. Y ¡zas, producen un libro que proviene de las múltiples voces que han recogido! Habría que cuestionar hasta la honradez de estos exhibicionistas de lo ajeno que ni siquiera pueden presentar una obra propia y se dedican a tomar de aquí y de allá los materiales que han de conformar su “creación” exprimiendo a sus informantes y saqueando vidas ajenas. (Manuscrito de Poniatowska citado por Lagos-Pope, 245)

     La mayoría de críticos que se han ocupado de Hasta tratan sobre todo de descubrir y comentar lo que les parece extraído de la realidad empírica de la informante, Josefina Bórquez. Sin embargo, quizá sea más pertinente interesarse no en las informaciones (lo que se dice), siempre discutibles y jamás verificables, sino en el aparato argumentativo desplegado (cómo, por qué se dice). Según Oswald Ducrot y Jean-Claude Anscombre, incluso la conversación aparentemente más inocente estaría fundada, más que en su aspecto comunicativo, en el pragmático. El objetivo fundamental de todo acto de habla consistiría en movilizar al receptor, hacer presión en él para que actúe en el sentido deseado por el emisor:

Nous voudrions arriver à dire que l'informativité est en fait seconde par rapport à l'argumentativité. La prétention à décrire la réalité ne serait alors qu'un travestissement d'une prétention plus fondamentale à faire pression sur les opinions des autres. (169)

     Las “astucias” argumentativas, más que formar una estructura de naturaleza lógica en el lenguaje, estarían pues inscritas en la lengua como fundamento de toda comunicación. La meta principal del esquema de comunicación no se resumiría a la mera transmisión fría de informaciones objetivas entre emisor y receptor. La argumentación no consistiría sólo en una de las seis funciones del esquema de comunicación, sino que formaría parte integral del sentido de cualquier enunciado. Si todo esto es cierto en el intercambio lingüístico más banal, resulta más evidente en todo texto que, de manera fiel o no, se inscribe en la práctica testimonial. En efecto, lo que importa tener en consideración en el testimonio no es la “verdad” que se pretende transmitir, dónde empieza, dónde acaba, sino su valor de “praxis inmediata.” Para alertar a la opinión pública en vista de imponer un cambio en las estructuras sociales, importa conmover o concientizar al lector, hacer que no tolere lo intolerable: 

Por ser el testimonio un producto nacido de la urgencia de revelar una situación particular, su objetivo principal apunta a un efecto pragmático más que a un efecto “estético.” Prevalece la voluntad de dejar constancia de unos hechos de carácter grave que recalque la necesidad de un cambio de la estructura social. (Sarfati-Arnaud et al. 32)

     La práctica testimonial haría más que apuntar hacia un efecto prágmatico; su función primordial, a menudo explicitada desde las primeras páginas de las obras que se sitúan en esta órbita discursiva, no sería otra que pragmática. Es precisamente desde una perspectiva pragmática que nos proponemos estudiar, en el resto de este trabajo, las relaciones entre la práctica discursiva llamada “testimonial” y la novela testimonial Hasta no verte Jesús mío.

La apropiación y desestabilización del testimonio en Hasta no verte Jesús mío

     La función pragmática del testimonio no es otra que la de poner en marcha “los mecanismos retóricos que procuran ... presentar el proyecto testimonial en términos unívocos de veracidad, transparencia y armonía” (Sklodowska 47). Hasta desestabilizaría este aparato en dos planos: por ser testimonio (la palabra del otro transmitida a través de un gestor en un texto de carácter amorfo) y por jugar con la práctica testimonial en la creación de una novela. Poniatowska, a través de sus libertades literarias, habría pulido la vida de la testimoniante Bórquez de manera que ésta aparece bajo un velo estético.

     Hasta evoluciona en un cruce de códigos y no se puede estudiar sin compararla con el testimonio canónico, precisamente porque rompe con algunas de sus más fundamentales características. Por otra parte, a pesar de que respeta los rasgos del género novela, se distingue de ésta por estar basada, en principio, en la vida de una persona de carne y hueso. Esta estructura híbrida hace que:

In Hasta no verte Jesús mío access to truth, if not to reality, is proposed as problematical, if not also impossible, by Jesusa herself, the subject whose seemingly truthful discourse fills its pages. Indeed, the novel seems to block the path to certainty about correspondence between what has been said and what has happened, between what is told and what is truthful. (Kerr 375)

     Importa poner de relieve la última parte de esta aserción: “De veras, la novela parece obstruir el camino a la certeza con respecto a la correspondencia entre lo que fue dicho y lo que ocurrió, entre lo que se dice y lo que es verídico” (nuestra traducción). ¿Tal afirmación no es de extrañar en el contexto de una obra que, además de tomar prestadas las características del testimonio, es hasta cierto punto una verdadera biografía, a pesar del proceso de ficcionalización a que se ve expuesta la voz de la informante?

     El primer lugar donde se vislumbra el roce inusitado entre “realidad” y “mentira” que podrá obstruir el camino a la certeza será el epígrafe que aparece al comienzo de la obra. De hecho, algo que sorprende en un primer acercamiento a tal obra, que aparenta ser “testimonial,” es la ausencia de ese mecanismo retórico fundamental en todo testimonio que es el prólogo, cuya función consiste en ubicar al lector en un contexto de verdad que se quiere transparente. Mientras que el testimonio canónico

encuentra una apoyadura legitimadora en una variedad de registros discursivos: por un lado presupone lo irrefutable de un testimonio oral, por el otro siente la urgencia de “certificar” su carácter verídico/auténtico/genuino por medio de discursos para-científicos que ocupan el espacio marginal -paratextual- con respecto al corpus testimonial. De ahí la proliferación de prólogos, glosarios, advertencias, notas al pie de página (Sklodowska 48),

     Hasta no muestra la necesidad de certificar su carácter “verídico” por el intermedio de tal prólogo firmado por el gestor. Se introduce únicamente con un epígrafe, firmado por la narradora Jesusa, que parece anunciar la idea de un mundo de confusión o de inversión entre pensamiento y expresión. Como el lector podrá percibir, los términos “al revés” y “alrevesado” vuelven con frecuencia en la obra. El hecho de que la narradora, Jesusa Palancares, ocupe el espacio narratológico ya desde el espacio privilegiado del paratexto, destaca de la norma que quiere que éste sea normalmente controlado por el mediador del documento testimonial para recalcar la idea de “verdad” en el espíritu del lector. El gran interés del epígrafe en Hasta reside justamente en estas distinciones marcadas con relación al prólogo en el testimonio. Este espacio del paratexto, lejos de aparentarse con el prólogo, parece tener como objetivo llevar al lector por caminos abiertamente minados. ¿Dónde empieza la transcripción de las palabras de Josefina Bórquez, dónde termina? Ni lo sabemos, ni nos importa demasiado. Dentro de un marco de referencia pragmático, la persuasión es lo que contará y no la delimitación precisa, y siempre problemática, de la verdad. La obra, a la imagen de su epígrafe, se inscribe en los textos 

qui jouent avec les contrats génériques (en mêlant plusieurs genres, en s'y soumettant de manière ironique, en les parodiant...) ... Davantage que l'appartenance à un genre, ce qui importe c'est la manière dont l'œuvre gère ses relations à ce genre. (Maingueneau 122)

     La distancia entre el testimonio canónico y este híbrido encierra la fuerza del juego enunciativo de Hasta. En el prólogo de todo testimonio se explicita el elemento constitutivo del canon: el “contrato de lectura” que se establece con el lector para tratar de convencerlo de la veracidad de la información transmitida aunque, por supuesto, ningún lector puede acceder directamente a la “verdad” o a la “mentira” de un texto, literario o no, puesto que tanto una como la otra son puros efectos de sentido. El contrato que se establece al principio de la obra “prepara al lector, lo predispone a que su actitud en tanto que receptor no sea la misma que frente a la lectura de obras de ficción invitándole así a no dudar de la autenticidad de lo que va a leer” (Sarfati-Arnaud et al. 35). Hasta destacará más bien del canon testimonial por imponer una duda perpetua en el espíritu del lector. 

     Al proponernos su epígrafe, se nota una voluntad de la autora de distanciar Hastade los cánones testimoniales. Poniatowska prefirió proponer al lector un texto literario en vez de retranscribir fielmente la historia de Josefina Bórquez, que le pareció repetitiva y sobre todo negativa, pesimista. Poniatowska deplora que Josefina Bórquez 

hablaba mucho de su situación actual, de lo mal que estaba su vivienda, de la gente en el vecindario, de lo mal que estaba el país, era una visión muy pesimista. De a dónde íbamos a dar, que la comida era pésima, que la leche tenía agua, que las tortillas tenían papel periódico, que el pan costaba demasiado caro. Entonces eso era una cosa que ella repetía mucho, mucho, mucho. Y claro que se lo quité; porque el estar hablando todo el tiempo de eso… Para ella, la novela habría sido sólo el espiritualismo y la carestía, y la mala situación actual. (Citada en Steele 94-95)

     Para bien o para mal, Poniatowska no permitió que el lector decidiera por sí mismo y viera a Bórquez bajo la luz que la identifica. En el nombre del arte, se le priva del sabor de la realidad “borquezana” con todas sus quejas y sus creencias. Las expectativas del público-lector derivarán pues del contrato de lectura enigmático y anticonvencional propuesto por Poniatowska

     Para comprender mejor el juego enunciativo de Hasta que pone en duda esta voluntad de “verdad,” este ímpetu de convencer, es relevante comparar el epígrafe con el prólogo de un testimonio del canon, como por ejemplo Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (escrito al principio de los años 80, y cuya protagonista fue nombrada Premio Nobel de la Paz en 1992). Recuérdese que la mediadora, Elizabeth Burgos, se vanagloria de haber alcanzado un súmmum de realismo, al dejar su papel de antropóloga para transformarse en “alumna” de Rigoberta Menchú. En el prólogo a la primera edición (1982), Burgos advierte que su falta de conocimiento de la cultura maya-quiché, “que al principio me parecía una desventaja, se reveló pronto como muy positiva. He tenido que adoptar la postura del alumno. Rigoberta lo comprendió en seguida; por ello el relato de las ceremonias y de los rituales es tan detallado. Del mismo modo, si nos hubiéramos encontrado en su casa, en El Quiché, la descripción del paisaje no hubiese sido tan realista” (16). 

     Esta pretensión a gozar de ventajas por no conocer la cultura de Rigoberta enfatiza el valor de mediadora de Burgos, mediadora que habría llegado a ser el “doble” de su informante. Burgos pretende así que 

no deseché nada, no cambié ni una palabra, aunque estuviese mal empleada. No toqué ni el estilo, ni la construcción de las frases. 

Leí atentamente este material una primera vez. A lo largo de una segunda lectura, establecí un fichero por temas ... Todo ello con la intención de separarlos más tarde en capítulos. Muy pronto, decidí dar al manuscrito forma de monólogo, ya que así volvía a sonar en mis oídos al releerlo. Resolví pues suprimir todas mis preguntas. Situarme en el lugar que me correspondía: primero escuchando y dejando hablar a Rigoberta, y luego convirtiéndome en una especie de doble suyo. (17)

     Quizá el hecho de que Burgos haya hospedado a Menchú más de una semana le haya parecido conferirle algún valor de mediadora privilegiada. El acercamiento de Poniatowska al contexto de redacción de su obra se sitúa diametralmente al otro extremo. Comparemos las palabras de Burgos con las de Poniatowska. A pesar de su colaboración con Oscar Lewis, Poniatowska no pretendió copiar el método de trabajo empleado por el famoso antropólogo. Se enorgullece más bien de que su trabajo no transmita palabra por palabra el resultado de sus entrevistas con Bórquez:

Utilicé las anécdotas, las ideas y muchos de los modismos de Jesusa Palancares pero no podría afirmar que el relato es una transcripción directa de la vida de Bórquez porque ella misma lo rechazaría. Maté a los personajes que me sobraban, eliminé cuanta sesión espiritualista pude, elaboré donde me pareció necesario, podé, cosí, remendé, inventé. (Citada en Steele 156)

     Se diría que leemos exactamente el negativo de lo que establece Elizabeth Burgos: “no deseché nada, no cambié ni una palabra” versus “podé, cosí, remendé, inventé.” ¿Eso le quita su valor de testimonio a Hasta? No, puesto que uno y otro son el resultado de un montaje; más bien, problematiza el valor testimonial de Me llamo Rigoberta Menchú. A pesar de que a Burgos le parezca que no hay interferencia de la mediadora en su trabajo, la hay inevitablemente. Ella misma explica que eliminó sus preguntas para dejar el texto bajo la forma de un monólogo y también fue ella quien ordenó el discurso de Menchú según temas; además, encabezó cada capítulo del libro con una cita del Popol Vuh o de otro texto por ella seleccionado. Estas operaciones implican que el supuesto “doble” se ha transformado en agente que está por encima, en el sentido de que posee el conocimiento, el “savoir faire” del testimonio. Una de las diferencias entre tal testimonio del canon y Hasta reside en que Poniatowska nunca proclama ser el doble del otro. Poniatowska se erige sin pudor en autoridad literaria con respecto a Josefina Bórquez. Burgos insiste en otro rasgo que normalmente sirve para dar legitimidad al testimonio pero que aquí resulta, más que una indicación relativa al valor metonímico de la obra, una hipérbole: 

La historia de su vida [de Rigoberta] es más un testimonio sobre la historia contemporánea que sobre la de Guatemala. Por ello es ejemplar, puesto que encarna la vida de todos los indios del continente americano. Lo que ella dice a propósito de su vida, de su relación con la naturaleza, de la vida, la muerte, la comunidad, lo encontramos igualmente entre los indios norteamericanos, los de América central y los de Sudamérica. (9)

     De repente, Burgos reúne bajo el mismo techo a los indios de toda América. Nos parece que el valor ejemplar que quiere transferir al testimonio de Rigoberta Menchú desborda desmesuradamente del cuadro de su estudio. Cuando afirma que Menchú es “una voz de desgarradora belleza, pues contiene todas las facetas de la vida de un pueblo y una cultura oprimidos” (10), sigue abarcando todo un conjunto de colectividades sin distinción ninguna pero, esta vez, en un espacio más fácil de identificar a Rigoberta Menchú: el de los indios de Guatemala. Los recursos discursivos de re-creación de la palabra del otro en Hasta no pretenden reflejar fielmente el contenido de las entrevistas con Bórquez; ni siquiera lo pretende la autora. 

     Estas distinciones entre las puestas en contacto con los universos de Rigoberta Menchú y de Josefina Bórquez, ya antes de detenernos en las primeras líneas de Hasta, demuestran las fronteras extensibles del testimonio. Por otra parte, los paratextos de Burgos y de Poniatowska, aunque en las antípodas el uno del otro, permiten ambos, cada uno a su manera, que el lector penetre en el universo de mujeres marginadas en la sociedad.

     Puede considerarse que el epígrafe constituye en Hasta la sede de descodificación de la escritura, pues en éste los códigos y reglas están señalados al lector sin rodeos. El pacto de lectura propuesto en el epígrafe supone en cierta manera apropiarse de la realidad: 

la constitución de un espacio a partir de lugares, de un “personaje” a partir de detalles, de una ideología a partir de ideas más o menos recibidas, de la literariedad a partir de códigos, de un vocabulario a partir de un léxico, de un tiempo novelesco a partir de esos momentos socializados que cortan de forma distinta el día según uno sea lavandera o marquesa: “un proceso activo de apropiación de la realidad.” (Duchet 34)

     Casualmente, Josefina Bórquez era justamente lavandera en el período de los encuentros con Poniatowska. Veamos ahora en qué universo nos proyecta el epígrafe, que aparece íntegramente en la cita siguiente:

Algún día que venga ya no me va a encontrar; se topará nomás con el puro viento. Llegará ese día y cuando llegue, no habrá ni quien le dé una razón. Y pensará que todo ha sido mentira. Es verdad, estamos aquí de a mentiras; lo que cuentan en el radio son mentiras, mentiras las que dicen los vecinos y mentira que me va a sentir. Si ya no le sirvo para nada, ¿qué carajos va a extrañar? Y en el taller tampoco ¿Quién quiere usted que me extrañe si ni adioses voy a mandar? 

Jesusa (Hasta, 8)
      La primera frase de la narradora reconoce la presencia del destinatario del discurso inscrito en el texto mismo: “algún día que venga (usted), ya no me va a encontrar (usted)” y enmarca el libro como diálogo. Ese alguien que vendrá un día no sabemos con seguridad quién es, al menos por el momento. Sin embargo, es lógico suponer que se trata de la autora Elena Poniatowska, puesto que visitó a Josefina Bórquez regularmente entre 1963 y 1964. Además, se nota la presencia del destinatario en otras ocasiones: “no habrá ni quien le dé una razón,” “y pensará (usted)…,” “mentira que me va a sentir (usted). Si ya no le sirvo para nada...” Finalmente, la última frase: “¿Quién quiere usted que me extrañe si ni adioses voy a mandar?” indica otra vez que Jesusa se dirige a una segunda persona con la cual mantiene cierta distancia.

     Por otra parte, tenemos indicaciones en el epígrafe en cuanto al lenguaje de Jesusa. Dice “estamos aquí de a mentiras,” emplea el término carajos; y además, la formulación y mentira que me va a sentir carece de claridad. El nivel de su lenguaje nos introduce directamente en su visión del mundo. El empleo de este registro de lenguaje, que se aleja de la norma culta o estándar, sitúa a Jesusa, al igual que a Rigoberta o Domitila, en el sector marginado de la sociedad. El lenguaje de Jesusa habría sido inspirado del habla de las sirvientas que han trabajado en casa de los Poniatowski en México. Sin embargo, destaca por su visión del mundo negativa. Ya en las dos primeras frases, las partículas ya no …, nomás, no habrá ni quien… ponen al lector en contacto con un ambiente de negación y de aislamiento. Recordemos que el testimonio empírico de Josefina Bórquez se transmite desde la óptica de una trabajadora envejecida, independiente y pobre que vive sola en una casucha de la ciudad de México. En la vigésima edición de Hasta no verte Jesús mío (1984), el editor pone de relieve el hecho de que la historia de esta mujer 

resignada y rebelde, fatalista y visionaria, está teñida de nostalgia del pasado y de una visión pesimista de la historia inmediata, fracasada en el empeño de llevar a cabo una transformación real y de mejorar la suerte de los más desamparados. (contraportada, Hasta)

     El epígrafe de Hasta parece ocultar el valor metonímico característico del testimonio. Normalmente, tendríamos que encontrar una frase en la cual el testimoniante reivindica que habla en nombre de toda la comunidad para denunciar un hecho o situación precisos. Por citar un ejemplo, al tratar del incentivo que habría animado a Rigoberta Menchú a divulgar su historia de vida, Sklodowska menciona que

su abnegado compromiso con el movimiento campesino indígena, su autopresentación en tanto portavoz de la comunidad, llegan a convencer al lector de que el control que ella ejerce sobre el discurso y su intención testimonial y denunciadora son firmes y autoconscientes. (142)

     Jesusa no habla así. Tiende más bien a huir de cualquier acercamiento posible con cualquier grupo. Sin embargo, al mismo tiempo que el epígrafe no parece denunciar nada específico, Jesusa se erige o, más bien la erigen, en portavoz de una vasta comunidad de desposeídos.

     Las reflexiones del epígrafe que son atribuidas a Jesusa parecen negarle cualquier valor pragmático a la palabra, aparezca ésta en un testimonio o en cualquier otro discurso. Jesusa no se pretende fidedigna portavoz de su pueblo ni demuestra una actitud firme de denuncia. Ahora bien, puede considerarse que el hecho de recurrir a la palabra “mentira” cinco veces en dos frases muestra su profundo escepticismo. Se diría que esta mujer aislada, negativa y derrotada ha perdido toda esperanza y ya no cree en la posibilidad de cambios para mejorar la situación. La fuerza de su discurso reside pues en su acerba crítica de la sociedad mexicana del siglo XX.

     Jesusa no permite creer que espera ninguna reacción por parte de los lectores; incluso se diría que ni siquiera cree que habrá, ni le importa que haya, lectores. La firmante del epígrafe no se interesaría por la corriente de validación de la escritura como instrumento de inscripción de su comunidad en la historia. A través del sentimiento de aislamiento profundo que el lector experimenta en el epígrafe, se transmite el carácter contestatario de la protagonista que, incapaz de depender de otros, prefiere la soledad al riesgo de ser traicionada por la gente. 

     Jesusa prevé que su memoria será borrada de la superficie de la tierra en cuanto desaparezca, implicando que nadie se preocupa por ella en su comunidad ni en el taller donde trabaja, ni siquiera la propia mediadora a quien se dirige con “usted.” De lo cual se infiere que la narradora, en la época de transmisión de su testimonio, no mantiene muchos contactos con su colectividad, y por consiguiente ya no participa en cambios de la estructura social. En lugar de insistir en los méritos de los cambios a los cuales contribuyó o trató de contribuir, y así perpetuar la memoria de las luchas importantes de su grupo, Jesusa pretende que su testimonio caerá en el olvido. El epígrafe de Hasta no verte Jesús mío, en lugar de presentarnos un yo implicado en “hechos de carácter grave que recalque la necesidad de un cambio de la estructura social” (Sarfati-Arnaud et al. 32) como sería el caso en un testimonio canónico, nos presenta un yo que se pretende poca cosa, pero que al mismo tiempo afirma su individualidad (frente al informante canónico, mero representante -al menos en teoría- de su grupo). El derrotismo ya se instaló en Jesusa. La historia de la informante Josefina Bórquez no se relata desde el apogeo de su participación en cambios estructurales sino desde su madurez. Sin embargo, su carácter fuerte y su conciencia social aguda colocan a Jesusa en una posición de observadora privilegiada de la sociedad mexicana. Las críticas iniciadas en el epígrafe, que permite establecer las condiciones de legibilidad y determinar si las voces anulan o no la sustancia del relato, van a jugar un papel clave en el relato. Veamos en detalle algunas de las frases del epígrafe.
 

Es verdad, estamos aquí de a mentiras.

     Este fragmento del epígrafe merece una atención particular por ser central en toda la obra. Para este “yo” plural, la única “verdad” sería pues la “mentira.” Antes que todo, conviene circunscribir el espacio en que evoluciona la narradora, el “aquí” del enunciado; lo que nos permitirá relacionar el “epígrafe-apropiador de realidad” con el título del libro. 

     La significación de esta frase puede tener como referente tanto la descripción de Jesusa con respecto a los discursos como su percepción existencial de la vida: estaríamos “aquí,” en este mundo terreno, para alcanzar otra vida, sólo de paso. Los comentarios relativos a la mentira emitidos por Jesusa dejan entender su escepticismo, su desesperación con respecto al género humano entero. La fe en el mundo “de abajo” la ha abandonado; Jesusa se aferra a la promesa de un mundo mejor que le ofrece su espiritualidad.

     Creemos que la clave de comprensión del texto, y del epígrafe en particular, se sitúa en el estudio de los varios términos relacionados a las isotopías de la verdad y de la espiritualidad -espiritualidad que nunca deja de influir en su concepción de la verdad. Entre la visión desesperada, aferrada a la vida espiritual, y la entrega de la historia de vida de Bórquez, se interpone el papel editorial de Poniatowska. La presencia en exergo de esta reflexión atribuida por la autora a “Jesusa,” elegida para encabezar el texto, ya sugiere el espacio que acapara la creatividad poniatowskiana en la obra. La infranqueable distancia entre las culturas de la informante y de la mediadora resulta en un producto literario que no puede sino ocultar el verdadero universo ideológico de Josefina Bórquez. Además de que este fenómeno de distanciamiento ocurra en un texto que se quiere lo más cerca posible del testimonio, la decisión de Poniatowska de alejarse del modelo de esta práctica discursiva añade al abismo entre la realidad y la historia de vida tal como ésta es relatada. Se le niega al lector el acceso directo a la desesperación de Josefina Bórquez. Mientras que Rigoberta Menchú, al cerrar su testimonio, declara haber callado un aspecto secreto de la vida de su comunidad, se diría que Poniatowska, que tuvo la suerte de frecuentar el medio de vida de Bórquez e investigar más profundamente las diferencias culturales, espirituales y sociales, evacuó parcialmente un campo que hubiera constituido un verdadero aspecto testimonial.

     Después de haber esbozado una definición del “aquí,” lo que sí consideramos que el epígrafe muestra efectivamente es la actitud de desconfianza de Jesusa hacia los discursos. Notemos el oxímoron, esta “especie de antítesis en la cual se colocan dos palabras de sentido opuesto que parecen excluirse mutuamente, pero que en el contexto se convierten en compatibles” (Marchese y Forradellas 304): “Es verdad, estamos aquí de a mentiras; y mentira que me va a sentir.” ¿Cuál de los dos términos verdad-mentirases más pertinente que el otro? El recurso a la antítesis sería, según Bernard Dupriez 57, un “modo de subrayar” artificial en el cual la tesis queda a veces implícita. No cabe duda que se quiere subrayar aquí la actitud con que se debe acercar a lo dicho en el contexto oficial y también en el no oficial mexicano: “lo que cuentan en el radio son mentiras, mentiras las que dicen los vecinos.” Jesusa desconfía de todos los discursos, tanto los oficiales que se difunden a través de la radio -la lectura de la obra nos indicará que Jesusa se refiere a los políticos cuando habla de “lo que cuentan en el radio”- como los oficiosos vehiculados por los vecinos. La artificialidad del procedimiento podría ser, al mismo tiempo que un indicador en cuanto a la dosis creativa de esta “afirmación de Jesusa,” una de las claves de descodificación de la obra. En este enunciado de Jesusa, se dibuja el carácter ambiguo de la escritura en Hasta. Tal empleo antitético del lenguaje sugiere pues una lectura del texto que estará a veces invertida o el negativo de lo que pretende. 

     También la relación, el posible apego que se ha desarrollado entre Poniatowska y Bórquez, es mostrada como algo falso: como mentira o, en todo caso, como artificial. Se concluirá una vez la historia recopilada, según entiende Jesusa: Y mentira que me va a sentir. Si ya no le sirvo para nada, ¿qué carajos va a extrañar? Se percibe aquí un reproche de Jesusa a la mediadora que ha permitido que su historia de vida sea, si no testimonio, por lo menos, novelizada: “Ya no sirvo para ayudarle a edificar su libro pues me abandona usted.”
 

Y en el taller tampoco. ¿Quién quiere usted que me extrañe si ni adioses voy a mandar?

     Esta última frase del epígrafe refuerza el efecto anti-metonímico que quiere crear la ilusión de aislamiento de Jesusa, provocada o nutrida por ella. Jesusa misma establece que no va a contactar a nadie, ni en el trabajo, ni en su comunidad, ni siquiera a los vecinos.

     Esas palabras del epígrafe, la informante empírica Josefina Bórquez las puede haber pronunciado o no; lo indudable es que llaman la atención sin equívoco por confrontarse con las convenciones del testimonio canónico. Además, el empleo antitético del lenguaje desestabiliza desde el comienzo los automatismos de lectura esperados en tal categoría documental hasta alertar el sentido crítico del lector en cuanto al universo minado de ”mentiras” en que entra.

     La decisión de encabezar su obra con tal epígrafe, ¿significaría que el autor no quiere responsabilizarse con respecto a lo testimonial de su obra? Lo dudamos. Paradójicamente, porque firma la obra y reconoce su autoridad intelectual, Poniatowska se inscribe como gran responsable del producto final. En el caso de Hasta, no existe esta paradoja del testimonio estándar o de la autobiografía que pretende “être à la fois un discours véridique et une œuvre d'art. Tension entre la transparence référentielle et la recherche esthétique” (Lejeune 423). Detectamos más bien la voluntad de la autora de alcanzar a los lectores sin llevar consigo el peso de “la verdad” verificable.
 

Conclusión

     Hasta no verte Jesús mío navega entre dos aguas. Por una parte, la emergencia de la novela testimonial en América Latina ha permitido que la alteridad sea repensada en términos narrativos (Larsen 21). Con su notoriedad, Poniatowska es una de las autoras que habrá contribuido, si no a “traducir” la alteridad por medio de la escritura de la voz, por lo menos a permitir que se hablara de los marginados y que se concientizara de su situación un poco más. Aunque trata a su manera de la vida difícil de los marginados, Hasta sabe captar la atención del lector que comparte el amplio horizonte discursivo de la enunciadora legítima. Su contenido, a la vez imaginario, fantástico, y basado en la “pequeña historia” de Josefina Bórquez, lo sitúa bien en la literatura latinoamericana del post-boom y eso le otorga una legitimidad cierta.

     Sin embargo, por otra parte, tal como sostiene Gayatri Spivak 25, al ser escrita la historia de la gente marginada, esta “narrativa de la realidad” (opuesta a la tradicional narrativa de la historia) se ha establecido como la norma. En este sentido, Poniatowska contribuye a la constitución del “otro” en la sombra del que tiene la palabra, el intelectual.

     El enfoque pragmático que hemos aplicado al estudio de Hasta, dejando de lado la búsqueda de “la verdad” para poner de manifiesto las “astucias argumentativas” de Poniatowska, nos ha permitido tomar conciencia de cierta incompatibilidad entre las creencias de las mujeres de dos mundos aparte, que impide sumergirse en el mundo espiritual de la comunidad de los marginados. La connotación, la ironía, la parodia y la mentira devienen las marcas discursivas de este distanciamiento entre el sujeto empírico de la enunciación y el sujeto ficticio del enunciado.

     Con el uso de una panoplia de recursos retóricos en la producción de esta novela testimonial, no es de extrañar entonces que la lectura de Hastaprovoque, en repetidas ocasiones, un efecto pragmático de distanciación y, por consiguiente, la protagonista no alcanza el mismo ethos que la de un testimonio tal como Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. En este sentido, su lectura puede dejar al lector asombrado, perplejo.

     A fin de cuentas, el testimonio que Poniatowska entrega a los lectores es una versión “aligerada,” más fácil de hacer aceptar por el lector occidental, de lo que piensa y vive Josefina Bórquez en la época de los encuentros: sus quejas prosaicas con respecto a su medio ambiente y a su vida cotidiana, sin olvidar lo que más intrínsecamente representa a Josefina en su madurez, su fe en el espiritualismo.

     Lo que resalta a lo largo de la obra en el discurso de Jesusa Palancares, marginada entre los marginados mexicanos, es la conciencia histórica y social que tiene de su grupo. Su testimonio, que no podemos tratar de “relato de urgencia,” abarca inevitablemente mucho más que su propia vida; a pesar de que no parece que se quiera denunciar ningún hecho social significativo, las críticas de Jesusa con respecto a la situación económica y social de su comunidad están puestas de manifiesto o son implícitas.

     En el marco de su tangente testimonial, el epígrafe con que se inicia Hasta, es eminentemente original por el hecho de dar la palabra a la testimoniante ya antes del primer capítulo; mientras que, si abordamos el texto desde su tangente novelística, vemos en Hastauna simple ficcionalización de la práctica testimonial, en la cual el epígrafe asombra ya que ocupa el espacio reservado normalmente en esta práctica discursiva a un prólogo establecedor de “la verdad” y del ethos del testimoniante. Lo que resalta del epígrafe es el sentimiento de aislamiento profundo de Jesusa al mismo tiempo que su carácter contestatario, el cual muestra que, incapaz de depender de otros, la protagonista prefiere la soledad al riesgo de ser traicionada. Estos rasgos específicos de Hasta chocan frontalmente con la caracterización habitual de los protagonistas de un testimonio canónico.

     El empleo antitéticodel lenguaje de Jesusa (“Es verdad, estamos aquí de a mentiras”) desestabiliza desde el comienzo los automatismos de lectura esperados en tal categoría documental. La artificialidad del procedimiento sería, al mismo tiempo que un indicador en cuanto a la dosis creativa de esta “afirmación de Jesusa,” una de las llaves de descodificación de la obra. Tal empleo antitético del lenguaje sugiere pues una lectura del texto que estará a veces invertida o el negativo de lo que pretende explícitamente.

     Existen en Hasta otros fenómenos quizá más desfamiliarizadores que el epígrafe. La estructura deceptiva de la obra hace que el lector no encuentre las constituyentes de un testimonio estándar. Las “mentiras” aparentes y la ironía del texto, que desgraciadamente no podemos sino mencionar en este trabajo, también asombran en el contexto de una obra que se inspira del testimonio.

     El producto final que nos ofrece Poniatowska, como todo testimonio que finalmente está sometido a un proceso de montaje, trata de un aspecto histórico inevitablemente basado en una manipulación del referente que se sitúa “en el entrecruzamiento de la ideología dominante, la ideología estética y la ideología autorial” (Sklodowska 27). La manipulación del referente permite hasta cierto punto una relectura de la historia mexicana desde la óptica de una “sin voz.” Las numerosas críticas de Jesusa con respecto a las instituciones tales como la familia, los militares, la Iglesia o la revolución institucionalizada y sus líderes enfrentan su discurso con mitos populares o políticos de la cultura mexicana.

     La historia oficial aparece así puesta en tela de juicio. El discurso de Jesusa provoca en el lector el cuestionamiento de las “verdades históricas.” Por eso, Kerr califica a Jesusa de “árbitro de la verdad.”

     Más sutil es la conciencia de si misma impregnada del discurso del otro. La muy valiente Jesusa, que ha interiorizado la palabra de “su” otro, pretende que nunca ha servido para nada. A pesar de que Jesusa sea crítica del mundo en que vive, parece haber aceptado como naturales las divisiones establecidas por el grupo dominante: el autoodio de su propio grupo es omnipresente en su discurso. Sin embargo, al exteriorizar la doxa, lo “generalmente admitido,” cuya misión es perpetuar el orden establecido, Jesusa la denuncia implícitamente. En esta contradicción del personaje se percibe la dinámica social de Hasta no verte Jesús mío.

     La función pragmática de tal distancia entre las palabras de Jesusa y sus actos, entre el contenido y la enunciación, entre lo explícito y lo implícito, consiste en incitar al lector a emitir un juicio con respecto a lo que conoce de “la realidad” de los marginados versus lo que refiere Jesusa.

     Si detectamos juegos retóricos de esta magnitud en Hasta, es porque la práctica testimonial ya ha sido canonizada; como señala Elzbieta Sklodowska, “para quedar sometido a una parodización ... el testimonio tuvo que haberse convertido primero en un modelo consagrado, canónico” (180-181). Así que la parodia y la “mentira” presentes en la novela testimonial hacen de Hastauna nueva síntesis que tiene un poder transformativo, una óptica crítica híbrida que huye de toda conclusión monológica.

     Considerando que “si la persona subalterna no tiene historia y no puede hablar, cuando es una mujer está todavía más en la sombra -del que escribe” (Steele 53; nuestra traducción), el hecho de que una mujer marginalizada sea la protagonista de una novela testimonial hace de Hasta una obra que transmite, o al menos actualiza rememorándola, la existencia de una palabra “otra.”